Hace un año exactamente puedo escribir realmente de las sanciones vividas ese miércoles 7 de noviembre de 2007. No solo fue ese día, sino los siguientes, donde sentía que la tristeza nunca se iría.
Varios días atrás hubo una sensación de melancolía, de preocupación. Eran días que no había visto a mi abuelo, obligaciones académicas y demás me dejaban sin el tiempo necesario para poder hacerlo. Ya me habían comentado en casa, que mi abuelo no estaba bien. Un fuerte resfrio se había apoderado de él. La decisión de ir a verlo estaba tomada.
Ese mismo día estaba en casa. Almorzar, ir a visitar a mi abuelo, ir a la universidad para mi clase, reunirme con mis amigos para avanzar el proyecto y no tener hora de regreso; era lo programado; pero siempre lo planeado nunca sale bien.
Estaba en casa, era el mediodía y ya estaba sentada para almorzar. Mi madre en su habitación se alistaba para salir. Mi hermano y mi papá trabajaban y mi hermana, que era su cumpleaños, estaba lejos de casa. Incluso ese mísmo día en la mañana la habías llamado estusiasmados para saludarla, pero a la vez algo me impulsó en decirle que mi abuelito, que nuestro abuelito, no estaba bien. Mis papás no querían que se lo comentara, sin embargo mi hermana y yo siempre pensabamos que las buenas y malas noticias se dicen aunque uno este lejos. Quizás me anticipé a los hechos, quizás me anticipé a que la mala noticia no le cayera como baldazo de agua fría, quizás…
Mientras yo almorzaba, el teléfono hizo su sonido habitual. Pero las palabras que en ese momento salieron, es preferible no escuchar. Y salir corriendo era la opción.
De mi casa a la casa de mi abuelo solo nos separa 20 minutos caminando, 10 minutos en combi y se supone que menos en taxi. La desesperación, los pensamientos que cruzan tu mente. Todo se junta y sin saber nada, presumes muchas cosas.
Desde ese momento las cosas nunca fueron como antes. Me lamenté mucho no haberme despedido como es debido. Sus ojos cerrados indicaban que dicha mirada no me vería más. Ese sueño profundo sería el indicio que extrañarlo iba hacer una tarea diaria, incluso rezarle y pedirle sus bendiciones.
Nada fue ni es como antes. Ahora estando lejos me entra la melancolía de sus adiós. Recordarlo frágil y sereno; serio y luchador; querido y queriendo. Ese 7 de noviembre y los que vendrán tendremos yo y la familia la misión de pensarlo y de saber que siempre estará con nosotros y velando por él.







